panel fotovoltaico

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El precio del panel solar fotovoltaico es accesible, y permite amortizar la inversión en un plazo de 4 a 5 años, señaló Valdez, por lo que invertir en fuentes energéticas alternas es rentable.

Del temor y las carreras iniciales se ha pasado a cierta normalidad, y todos cuentan divertidos sus anécdotas con los terremotos. Justo Delgado, pastor de 64 años, luce un leve bigotito y camisa de cuadros. Está envuelto en la niebla, ya que en El Hierro en un mismo día se puede encontrar 10 grados de diferencia entre una zona soleada y otra lluviosa, y recuerda uno de los temblores. “Tras abrir un cordero en el garaje, sentí cosquillitas en los pies. Pero cuando miré al cordero que colgaba, pensé que estaba vivo aún por lo que se balanceaba”, explica mientras ordeña una de sus 100 ovejas. Pasó cinco años en Tenerife, pero luego volvió porque “el olor de las ovejas es un vicio como cualquier otro”.

Elsa es la joven que, harta del paro, compró el coche de segunda mano para emitir anuncios. Con él recorre unos 5.000 kilómetros al año por la isla, de solo ­40 ki­lómetros de punta a punta. Los 10.000 habitantes de El Hierro (cifra oficial, aunque hay menos, porque los que emigran continúan empadronados) conocen el soniquete del coche. “Aquí hay tres tes que marcan nuestra vida: temblor, tremor y temor”, explica Elsa, gafas de sol, pañuelo en la cabeza y chándal. Dispara las palabras.

Con la cadera maneja la caña del barco por donde le guía de pie Berto. Al sacar uno de los tambores aparece un pulpo enganchado y rápidamente Víctor quita la caña del timón, una barra de madera de tamaño considerable, y le golpea en la cabeza con obstinación antes de meterlo en un cubo con hielo. “El volcán nos destrozó. Lo rompió todo. Arrasó con el pescado. Donde había 14 meros pasó a haber tres. Olía a azufre, a huevo podrido”, cuenta Berto, que estudió cuatro años de Filosofía en Tenerife, aunque siempre tuvo claro que sería pescador como su padre. “Temía a los petroleros que pasan por ahí, que dejaran esto perdido. Pero un volcán, ni por asomo”.

Por la isla es fácil ver coladas de lava aún jóvenes. La de Montaña Chamuscada se ha datado hace unos 2.500 años, una minucia para estos temas. No hay que ser un experto para reconocer la forma de la lava que se solidificó al enfriarse en su lento camino hacia el mar. Pistas de arena negra, lava escarpada, perfiles del gran desprendimiento del volcán Tanganasoga… la historia y el perfil de El Hierro es la de sus muchos volcanes. No hay playas, sino calas de piedra de aguas transparentes. El terreno es tan duro y seco que Baudilio Domingo Navarro, de 64 años e historiador local, sentencia que “para ser herreño no hay que haber nacido en El Hierro, sino haber pasado muchas sequías aquí”.

De la dureza y la miseria del territorio dan fe los mayores, que se sientan al sol. Para construir el faro de Orchilla, el último que ven los barcos cuando parten hacia América, hubo que traer camellos. Lo recuerda Juan Fernández, de 80 años, que nació allí porque su padre fue conserje en el faro, considerado el meridiano cero del mundo antes que Greenwich.

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